Un acercamiento a los datos sobre la salud mental del estudiantado en México

13-05-22 Comepz 0 comment

El primer esfuerzo para explorar y dar seguimiento a la salud mental, que data de 2005, fue la Encuesta Mexicana de Salud Mental Adolescente. Aunque a ésta se le dio seguimiento en 2013 (INPRF, 2016), lo cierto es que representó un esfuerzo limitado al campo de la salud, pues únicamente se concentró en la Ciudad de México, y su aplicación no contempló la participación de escuelas indígenas, migrantes, multigrado, entre otras.

La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2018-2019 (INSP, 2020) contiene información clave que permite conocer la situación de niñas, niños y adolescentes en aspectos como sintomatología depresiva (tristeza, ansiedad, falta de energía, trastornos del sueño), seguridad alimentaria, prácticas saludables y más temas que pueden afectar la salud mental. Respecto al lugar donde ocurre la violencia entre los 10 y los 12 años (primaria alta), se sabe que poco más de 8 entre cada 10 eventos violentos sucedieron en la escuela, mientras que en el grupo etario de jóvenes entre los 16 y los 19 años, sólo 1 de cada 10 eventos violentos se reportan en estos espacios, ya que casi 7 de cada 10 son en la vía pública.

Por su parte, entre las personas de 10 a 19 años, la prevalencia de, al menos, un intento de suicidio en la vida, encuentra sus mayores tasas en las mujeres de todos los grupos de edad (10-12 años, 13-15 años, 16-19 años), siendo la brecha más alarmante entre adolescentes de 13 a 15 años, donde 8.29% de las mujeres reportó que alguna vez se ha herido a propósito (cortado, intoxicado o hecho daño con el fin de quitarse la vida), en comparación con 2.17% los hombres.

Asimismo, los datos reportan que, de 2012 a 2018, se observa un aumento en la tasa de prevalencia de intento de suicidio en el grupo etario de 10 a 19 años, al pasar, las mujeres, de 4.60% a 6.06%, y los hombres de 0.9% a 1.81%. Además de que 1 de cada 10 adolescentes mexicanos presentan sintomatología depresiva (indicativa de depresión moderada o severa), lo que se eleva 1.5 veces en mujeres de la misma edad. Los datos también indican que la prevalencia de sintomatología depresiva es mayor en las y los adolescentes de 15 a 19 años (12.9%), así como entre quienes residen localidades urbanas (11.3%). Ante ello,preocupa la falta de tratamiento, pues sólo 1 de cada 10 hombres adolescentes de 10 a 19 años con depresión diagnosticada por algún profesional de la salud ha recibido tratamiento de depresión en las últimas dos semanas (INSP, 2020).


Los resultados para julio de 2020 indican que 1 de cada 3 personas en hogares con población de 0 a 17 años presentaron síntomas severos de ansiedad; a su vez, 25 de cada 100 personas mayores de 18 años pertenecientes a estos hogares reportaron tener síntomas de depresión, lo que aumenta a 30 de cada 100 en los hogares con menores ingresos y disminuye a 18 de cada 100 para aquellos con mayor nivel socioeconómico (EQUIDE-UNICEF, 2020). Por otra parte, preocupan los resultados de la ENCOVID-19 con corte a diciembre 2020, donde 1 de cada 2 personas que habitan en hogares con inseguridad alimentaria severa reporta prevalencia de ansiedad, a diferencia de lo que ocurre en hogares sin esta inseguridad, en donde 1 de cada 6 personas sintió ansiedad. Sin duda, la brecha es amplia.

Finalmente, en un ejercicio poco común, más de 578,174 niñas, niños y adolescentes entre 3 y 17 años, habitantes de todo el país, participaron en la consulta OpiNNA Nueva Normalidad. El componente de salud mental de dicha encuesta reporta datos que preocupan, pues casi 7 de cada 10 adolescentes entre 12 y 14 años reportan que sienten estrés diario o algunas veces; 46 de cada 100 sienten enojo con la misma frecuencia; y, 8 de cada 10 adolescentes entre 15 y 17 años reportan sentirse con estrés. Además, 41% de las mujeres se siente triste diario o pocas veces, contra 25% de los hombres (SIPINNA, 2020). A ello se suma que sólo 3 de cada 10 hombres entre 15 y 17 años no hablan de cómo se sienten, lo que regresa al debate la importancia de la participación continua de los cuidadores varones en una crianza cariñosa, equitativa, colaborativa y participativa.

Los datos existentes sobre la salud mental de la población en edad escolar nos permiten afirmar que necesitamos romper con el esquema de la escuela centrada en los conocimientos disciplinares, evolucionando hacia una escuela que cuida la salud mental, nuestras relaciones y emociones. Pensar más allá de las convencionalidades y entender que la ampliación de múltiples brechas –de aprendizaje, salud mental y socioemocional, pobreza y oportunidades– demanda respuestas creativas, colaborativas e innovadoras desde la escuela. Ello inicia por contar con un diagnóstico nacional con información sistemática y periódica sobre la salud mental de los estudiantes. Aunque parece mucho pedir, lo cierto es que se requiere de un cambio de paradigma, lo cual demanda, sin duda, de una apertura y alineación de fuerzas, inversiones y voluntades que atiendan las necesidades de la salud mental desde la primera infancia en cada escuela –pública y privada– del país. Es fundamental que en el diagnóstico y la política pública se incluya la participación de las comunidades escolares, mediante procesos de co-construcción y toma de decisiones colaborativas, de abajo hacia arriba, del territorio al escritorio. Se trata de empoderar y dar el control de las decisiones a las personas dentro de las escuelas, confiando, acompañando y ofreciendo formación continua que les permita navegar en el viaje del aprendizaje.



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