by Alejandro Bermúdez
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by Alejandro Bermúdez
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Las experiencias que vivimos durante la infancia dejan huellas profundas en nuestra manera de pensar, sentir y relacionarnos.
En psicología, se habla de cinco heridas emocionales de la infancia que, si no se reconocen y trabajan, pueden influir en la autoestima, las relaciones y las decisiones en la vida adulta.
Conocerlas es el primer paso para sanar.
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Herida de rechazo
Se origina cuando el niño se siente no deseado, ignorado o excluido. En la vida adulta puede manifestarse como miedo al abandono, baja autoestima, dificultad para aceptarse y tendencia al aislamiento o a la autoexigencia extrema.
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Herida de abandono
Aparece cuando el niño percibe ausencia emocional o física de figuras significativas. En la adultez puede generar dependencia emocional, miedo a la soledad, necesidad constante de atención o dificultad para sentirse seguro en las relaciones.
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Herida de humillación
Se forma cuando el niño es avergonzado, criticado o expuesto de manera constante. Más adelante puede provocar sentimientos de culpa, vergüenza, dificultad para poner límites y una tendencia a priorizar las necesidades de otros sobre las propias.
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Herida de traición
Se desarrolla cuando el niño siente que la confianza fue rota, especialmente por figuras de autoridad. En la adultez puede reflejarse en el deseo de control, dificultad para confiar en los demás y miedo a la decepción.
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Herida de injusticia
Surge en entornos rígidos, exigentes o poco afectivos, donde las emociones no son validadas.
En la vida adulta puede manifestarse como perfeccionismo, rigidez emocional, dificultad para expresar sentimientos y autoexigencia constante.
Reconocer estas heridas no implica culpar al pasado, sino comprenderlo.
Sanar las heridas de la infancia es un proceso que permite desarrollar relaciones más sanas, una mejor autoestima y una conexión más auténtica con uno mismo.
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